Todo

Los primeros meses como papitos no fueron fáciles. Empezando así vais a creer que lo que he escrito anteriormente es una pastelada utópica de cualquier madre con un punto de vista altamente subjetivo, pero no. Ya os he dicho que todo tiene un proceso de aprendizaje y los primeros meses de vida de un bebé son difíciles tanto para él como para nosotros, los papis.

En cuanto a la primera toma de contacto con el bebé, nunca olvidaré el hospital. Para mí fueron los tres días de ingreso hospitalario más horrorosos de mi vida. Nunca había estado ingresada antes hasta que tuve a Daniel. Volviendo a las pasteladas, mi hijo era lo único que hacía que olvidara esos malos ratos en aquella habitación.

Tras el parto, me dejaron en la sala de dilatación un par de horas hasta que quedaron camas libres en planta. Nuestras familias consiguieron acceder a la sala unos minutos para conocer al bebé, hacerse alguna foto que otra y transmitirnos todo el apoyo que necesitábamos, pues aún estábamos un poco nerviosos.

El día siguiente fue el peor de todos. Vino toda nuestra familia a vernos. No dejaba de ver personas entrar y salir de la habitación. No habíamos dormido mucho y el cansancio era evidente. Todos querían ver a Daniel y yo me sentía entre emocionada y confusa, agotada físicamente, sí, pero sobre todo, mentalmente.
Las visitas se sucedieron por la mañana y por la tarde. Por la tarde, ya no pude contenerme y estallé en lágrimas. Solo recuerdo que lloraba y que la gente comenzó a salir de la habitación para dejarme sola, pero no quería que ni Dani ni mi madre ni mi suegra, ni mis hermanos, ni mis cuñados... se fueran; quería que se quedaran conmigo pero solo ellos, la familia cercana.
Además, Daniel no se enganchaba bien al pecho y eso provocó que estuviera más nerviosa y agobiada. Llevaba 6 horas seguidas sin querer comer y se quejaba, supongo, de hambre y frustración. Hasta fui a una charla sobre lactancia que dieron para las mamis allí en el hospital, pero no me sirvió de mucho, ya os contaré por qué. Poco a poco lo fuimos superando, y finalmente conseguí que se enganchara.

Y por fin nos dieron el alta. El momento de volver a casa fue el mejor de todos. Meter a tu hijo en su cuna, tener todas tus cosas a tu alcance, tu sofá, tu cama, tu ducha... la tranquilidad de tu hogar no tiene precio ni comparación.
Y además, Daniel era un santo. Dormía muchísimo. Una vez que se enganchó bien al pecho, comía muchísimo. No sabía apenas llorar, porque casi nunca lo hacía. Nos pasábamos el día dándole besos y achuchándolo. Quizá por eso no tendría motivos para estar triste.

Hemos disfrutado (y seguimos disfrutando) de mil cosas al máximo, de cada etapa, de cada momento, de cada anécdota, su primer puré, sus primeras fotos de estudio, sus primeras sonrisas, su primer enfado, sus primeras palabras, su primer baño (en bañera, en piscina, en playa), sus primeros juegos, sus primeras carcajadas, sus primeros pasos, su primer cumpleaños, sus primeras navidades, su bautizo, su primer corte de pelo, su primer viaje al extranjero, su primer día de guardería, su adaptación, su primer constipado, su primer "te quiero", sus primeros besos de amor, sus abrazos...
Podría contaros todo con detalle pero decidí vivir la experiencia en lugar de contarla y no me arrepiento en absoluto.

... Lo que sí me atrevería a contar porque aún lo recuerdo con mucho cariño, fue la primera noche en el hospital, una vez nos quedamos solos los tres.
Me acuerdo porque hubo un momento en el que Dani y yo nos miramos de una manera muy distinta a las anteriores, de una manera más adulta, más sincera, con mucho amor. Y sentimos que habíamos hecho un buen trabajo, y que nos lo merecíamos todo. Y todo estaba allí, a nuestro lado, en una cunita de cristal, durmiendo, tranquilo, aún con restos de sangre en el gorrito, agotado al igual que nosotros.
Y fue entonces cuando dejamos de mirarnos para clavar nuestra mirada en él, porque él sí que había hecho un buen trabajo... él sí que se lo merecía todo.


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